Rivales

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La primera vez que lo vi fue en el lienzo charro de La Loma. No había charreada ni jaripeo, era el sorteo para la clase 83 del servicio militar. Yo iba con mis amigos y él con los suyos. Lo vi antes de entrar, entre otros cientos de jóvenes que, entre bromas y chistes propios de la edad, estábamos emocionados por saber si nos tocaría bola negra o bola blanca.

Cuando caminé a su lado me lanzó una mirada retadora. Pasé de largo, sin decir palabra, pero devolviéndole el gesto bravucón. No lo comenté con mis amigos, ni él con los suyos. No era tema de barrios, grupos, ni «bolita contra bolita». Lo dejamos en el plano personal.

Cuando entré al lienzo charro me olvidé de él y seguramente él de mí. No tuve más preocupación que saber cuáles de mis amigos tendrían que presentarse sábado a sábado en la Zona Militar número 13 de Tepic. La sorpresa fue saber que todos los que cumplíamos 18 años quedábamos exentos del sorteo. Estaríamos «a disponibilidad», sin tener que acudir sábado a sábado al adiestramiento militar ni realizar servicio social. Al parecer eran tantos los remisos y anticipados que las bolitas negras y blancas serían solamente para ellos. De cualquier forma nos quedamos para apoyar a nuestros amigos. Al grupito nos fue bien, pues solo dos obtuvieron bola blanca.

No me explico cómo, pero ese mismo día al salir del recinto me lo volví a topar de frente. Esta vez me vio con una expresión que interpreté como de odio. Entrecerré los ojos y escupí con desdén.

No volví a saber de él en meses.

Tiempo después, cuando estudiaba un diplomado como operador de microcomputadoras en el ISIC, en pleno centro de Tepic, tenía la costumbre de caminar tranquilamente por las calles, tomando un licuado o un jugo en bolsa. Mis clases eran de nueve a once de la mañana, de modo que solía llegar cuando apenas comenzaban a abrir los comercios. A veces ayudaba a las empleadas de Milano a levantar las cortinas de metal y conversaba unos minutos con una chica de mi edad.

Una mañana debí llegar más tarde de lo habitual, porque al pasar frente a la tienda lo encontré adentro, conversando con la muchacha. Ella sonreía mientras él, apoyado en un maniquí, parecía contarle algo muy interesante. Nunca había pensado seriamente en aquella chica, pero ese día sentí celos.

No quise rebajarme a llegar más temprano al centro. Sin embargo, debo reconocer que durante las siguientes semanas procuré no entretenerme demasiado con el licuado. Tampoco había necesidad de que aquella muchacha levantara sola las pesadas cortinas de metal.

Una mañana llegué cuando él apenas comenzaba a levantar la primera. Me ofrecí a ayudar con la segunda, pero me respondió que podía hacerlo solo. No insistí. Me quedé conversando con la muchacha en la entrada mientras él terminaba su trabajo. Cuando entró, ella le dio las gracias y él me miró como si hubiera ganado algo.

Por supuesto, no había ninguna competencia.

De cualquier forma, a veces él y a veces yo la hacíamos de cortinero de Milano. Nunca supe a qué iba él al centro. ¿Trabajaba? ¿Estudiaba? No me importaba. El caso es que nuestras miradas se topaban ocasionalmente y nuestros ojos se mentaban la madre con frecuencia.

En algún momento dejamos de vernos. Obtuve mi diploma y me olvidé de él.

Luego terminé mi licenciatura y, después de mucho batallar, logré ejercer mi profesión en Nayarit. Cuando llevaba dos o tres años como maestro, me lo topé de nuevo. Esta vez en un encuentro que pudo haber terminado mal, aunque ahora me parece que el desgraciado solamente quiso divertirse. Fue una tarde en que caminaba tranquilo por la calle Juárez de Villa Hidalgo, en el municipio de Santiago Ixcuintla, cuando un motociclista se aproximó de frente. Desde varios metros antes pareció dirigir la moto hacia mí. Me hice a un lado, pero él corrigió ligeramente el rumbo, lo suficiente para obligarme a dar otro paso. Pasó cerca, aunque sin tocarme, y apenas alcancé a reconocer su rostro.

—¡Pendejo! —le grité.

No sé si alcanzó a escucharme. Tampoco puedo asegurar que fuera riéndose, pero algo en su expresión me hizo pensar que había disfrutado la ocurrencia. Los siguientes días caminé con más precaución. No porque le tuviera miedo, sino porque nunca se sabe cuándo puede aparecer un idiota en motocicleta.

Jamás lo volví a encontrar en Villa Hidalgo.

Con los años llegué a verlo en otras ocasiones, aunque sin nada relevante que contar. Una vez, después de mucho tiempo sin encontrarnos, lo descubrí en un restaurante atestado el Día del Padre. Me sorprendió verlo ahí y por un instante experimenté algo parecido al gusto de encontrar a un viejo conocido. Él también me reconoció. Nos miramos unos segundos y, antes de que alguno cometiera la imprudencia de saludar, recuperamos nuestras expresiones habituales.

Otra vez coincidimos en una congestión vial. Nuestros automóviles quedaron detenidos en carriles contiguos y, aunque ambos fingimos no habernos visto, estoy seguro de que ninguno perdió de vista al otro hasta que el tránsito volvió a avanzar.

Incluso llegué a encontrarlo en una playa, durante unas vacaciones. Había tanta gente que me pareció increíble reconocerlo entre los bañistas. Por fortuna, él estaba ocupado con los suyos y yo con los míos, así que no hubo más que un intercambio de miradas. Nunca entendí por qué tenía que aparecer precisamente en los lugares a los que yo iba.

El siguiente encuentro digno de contarse tuvo lugar varios años después.

De nuevo en Tepic.

Yo manejaba por la calle Zaragoza, rumbo a la avenida México, cuando lo vi parado en plena calle, conversando con el conductor de un automóvil. Como tenía el cuerpo doblado para estar al alcance de la ventanilla del otro tipo, era presa fácil. Bastaba con pasar demasiado cerca para hacerlo brincar del susto, tal como él había hecho conmigo en Villa Hidalgo.

Pero decidí optar por una venganza más festiva.

Pasé por un lado en silencio, aunque estoy seguro de que me vio. Enseguida di vuelta a la manzana y regresé a velocidad moderada. Esta vez saqué la cabeza por la ventana y, conteniendo la risa, le grité:

—¡A echar el pegue al parque!

Apenas pasé escuché algo parecido, aunque bastante mejorado, a lo que yo le había gritado años antes.

—¡Tu madre, güey!

El grito fue auténtico, pero alcancé a verle una sonrisa que, de no conocerlo, habría confundido con la complicidad de un amigo.

Ayer volvimos a encontrarnos.

Durante más de dos horas, su hija y la mía jugaron juntas en el parque Juan Escutia. Yo, sentado en una banca, vigilaba a mi niña y de vez en cuando bajaba la cabeza para teclear estas líneas en mi celular.

Él, a la distancia y en otra banca, también hacía lo mismo.

Quizá hoy haya dos versiones de esta historia.


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