El dictado en la alfabetización inicial…ideas para su utilización

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Hay prácticas escolares que, por su larga tradición, terminan asociándose casi automáticamente con determinadas formas de enseñanza. El dictado, por ejemplo. Pensamos en una lista de palabras que el maestro pronuncia y los niños escriben; en la revisión posterior; en las palabras correctas e incorrectas; incluso en la calificación obtenida. Desde esta perspectiva, el dictado funciona principalmente como un mecanismo para comprobar cuánto domina un alumno la escritura convencional. Pero, si lo pensamos a detalle el dictado no tiene por qué reducirse a eso.

Más que preguntarnos si debemos utilizarlo o eliminarlo de nuestras aulas, podríamos formular otras preguntas: ¿para qué dictamos?, ¿qué escriben los niños?, ¿qué significado tiene para ellos lo que están escribiendo?, ¿qué problemas sobre la lengua escrita les ayudamos a plantearse mientras lo hacen? Y esto solo se logra al dictar algo que tenga sentido

Imaginemos que hemos leído un cuento con los niños y después les proponemos recuperar algunas ideas importantes de la historia. En lugar de dictarles literalmente fragmentos del texto, podemos conversar primero sobre lo sucedido y construir juntos algunas ideas: Caperucita desobedeció a su mamá y por eso estuvo en peligro. O quizá una niña proponga: Los niños debemos hacer caso a nuestra mamá. Trabajando de este modo, lo que se escribe ya no es una sucesión arbitraria de palabras elegidas para comprobar si los alumnos dominan determinada correspondencia entre sonidos y letras. Es una idea que surgió de la lectura, de la conversación y de la interpretación de los propios niños. La escritura tiene entonces un propósito comprensible para ellos; no solamente escribir, sino pensar sobre lo que escribimos

Mientras los niños intentan escribir, podemos intervenir mediante preguntas del tipo: ¿Cómo empieza esta palabra? ¿Cómo podríamos saberlo? ¿Dónde comienza la frase? ¿Qué escribiste aquí? ¿Qué pasaría si tapáramos esta palabra? ¿Sigue diciendo lo mismo? Compara lo que escribiste con esto que escribí yo. ¿En qué se parecen? ¿En qué son diferentes?

El niño no solamente intenta reproducir correctamente algo que escucha. Observa, compara, anticipa, verifica, modifica y argumenta sobre lo escrito. Esto supone también una manera diferente de entender el error. Una escritura no convencional puede convertirse en información valiosa sobre lo que el niño está pensando y, por tanto, en un punto de partida para nuestra intervención. No se trata de dejar de enseñar las formas convencionales de escritura. Se trata de comprender que podemos acercarnos a ellas mediante situaciones en las que los niños tengan razones para leer, escribir y reflexionar sobre cómo funciona aquello que están escribiendo.

Más que preguntarnos, ¿dictado sí o dictado no?, pensemos en que una misma práctica puede tener sentidos muy diferentes dependiendo de qué se escribe, para qué se escribe y qué intervención realiza el docente. Un dictado utilizado exclusivamente para detectar errores difícilmente ofrece las mismas posibilidades que una situación en la que los niños reconstruyen una historia, recuperan una experiencia, expresan una conclusión o producen colectivamente un texto y, durante ese proceso, encuentran problemas que los obligan a pensar sobre la escritura. Por eso, más que clasificar determinadas prácticas como buenas o malas por sí mismas, lo interesante es preguntarme qué oportunidades de aprendizaje estamos construyendo alrededor de ellas. Y claro que el dictado puede ser una de esas oportunidades. Cuando tiene un propósito, cuando aquello que se escribe significa algo para los niños y cuando el maestro interviene mediante preguntas que ayudan a observar y reflexionar, deja de ser solamente un ejercicio de comprobación. Puede convertirse en una situación para aprender a pensar sobre la lengua escrita.


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