Para afilar el lápiz: «cicatriz».

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Cuando era niño le tenía miedo a las cicatrices, esas marcas en la piel que, dependiendo la habilidad del médico, pasante o enfermera, podían quedar tan fina o tosca como las costuras de doña Rosa. Cuando me raspaba las rodillas o golpeaba en los codos, cabeza o ceja preguntaba con miedo si me tendrían que coser. Quizá por esa razón es que el monstruo de Frankenstein es quien más miedo me inspiraba. Por desgracia para aquel niño que fui, pero con indiferencia para el hombre que soy, tengo en mi cuerpo varias cicatrices.

Cicatrices de a de veras, no como esas de los poetas o los enamorados que las sienten en el corazón, pero en realidad son imaginarias.

Las primeras cicatrices llegaron solas, y tú que me lees también las tienes. ¿Dónde? En el brazo. ¿No te acuerdas? Bien que estabas chille y chille cuando la enfermera te puso la vacuna. Sí… sí, ya sé que en esa no hubo puntadas, pero te la recuerdo por si acaso. Bueno, si esas no cuentan, vamos descartando de una vez las que nos quedaron cada vez que desobedecimos la indicación de evitar rascarnos y tumbar las costras que se formaban con las cortadas, raspones, piquetes de zancudos, varicela, granos varios e incluso con las espinillas. Sí… bueno, bueno, sigamos.

Volvamos pues a las cicatrices de aguja e hilo. La primera que yo tuve fue a los ocho años, cuando me quitaron una hernia inguinal; era grande y gorda, o al menos así la veía yo, pero se fue haciendo pequeña y delgada con el paso de los años, dizque porque tuve “buena cicatrización”, quién sabe si eso sea verdad, pero así fue.

La segunda fue seis años después, producto de una terrible caída que tuve cuando fui tras un balón que se fue a un zanjón. Se me ocurrió poner todo el peso de mi cuerpo en una parte saliente de un puente y me fui hasta abajo. ¡bolas don Cuco! Cómo hubiera pensado yo mismo si uno de mis amigos hubiera sido el infortunado. Me di un golpe en la frente, otro en el torso y el peor de todos en mi espinilla derecha. Y que me llevan todo adolorido a la clínica más cercana y, como el agua que corría por debajo del zanjón a donde caí era de dudosa (o apestosa) procedencia, me tuvieron que lavar las heridas con cero cuidado (así se necesitaba seguramente) y ahí me tienen retorciéndome cual lombriz de agua puerca (como las que maté seguramente al caerles encima), porque o no había anestesia, no la ameritaba, o le caí mal a la enfermera. Recuerdo que cuando me limpiaban la herida de la espinilla sentía que me escarbaban con fuerza, como cuando metes el dedo por la boca y te tocas el cachete por adentro. ¡Ay, dolor!, suerte para la santa enfermera que me tenían agarrado entre mi papá y otro de brazos y piernas, que si no le zumbó el zurdazo que no le di al balón.

Pero bueno, muchos detalles quizá; esa fue la segunda gran cicatriz.

La siguiente fue otra vez por el fútbol, a mis dieciséis años, producto de que por tercera vez me fracturaba uno de los huesos del antebrazo llamado radio. Las tres en menos de un año. Dos en las canchas (la primera y la tercera) y la segunda en quirófano.

Y seguiría contando más detalles, pero dice la maestra Berta Hiriart que con 20 minutos de escritura libre para la palabra “cicatriz” está más que bien…


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