Hace años acudí junto con otros compañeros que tomábamos un curso del escritor Guillermo Samperio a la presentación de un libro del maestro Miguel González Lomelí en la fuente central de la Alameda.
Mientras esperábamos, observé algo que me llamó mucho la atención: dos árboles estaban unidos por una misma rama. Me pareció una imagen tan extraordinaria que me acerqué a Samperio para proponerle emocionado que escribiera un cuento sobre ello. Me escuchó con atención y no dijo mucho.
Tiempo después, durante la presentación de uno de sus libros en Nayarit (no recuerdo si «Después apareció una nave. Recetas para nuevos cuentistas» o aquel libro de Alfaguara de su «Obra reunida»), comentó algo que se me quedó grabado, dijo que era muy común que alguien se acercara a un escritor para proponerle un cuento, como si escribirlo fuera la parte sencilla. No me sentí aludido ni mucho menos ofendido. Al contrario, entendí la lección.
Hoy volví a la Alameda con mi familia y de nuevo observé esos árboles. Y con ellos regresó también el recuerdo de aquella conversación.


