Apuntes de la semana.
Desde hace algunos días acompaño mis trayectos en auto con el audiolibro de «La tía Julia y el escribidor», de Mario Vargas Llosa, en la magnífica adaptación de Radio Educación. Mientras conduzco, las voces, la música y los silencios recrean con tanta naturalidad los radioteatros de Pedro Camacho (“El escribidor”) que, por momentos, olvido que estoy escuchando una novela y siento que he sintonizado una estación de otra época.
Sin proponérselo, el audiolibro me ha ayudado a despertar recuerdos. Recordé aquellas tardes en el taller de mi papá, cuando le ayudaba a lavar fierros y, de fondo, algún locutor compartía la historia de un compositor o la anécdota detrás de una canción. Recordé la casa de mi abuela antes o la de mi madre ahora, donde la radio estaba y está encendida desde temprano, como si también formara parte de la familia. Incluso recordé mis primeros años de trabajo en la sierra, cuando una radio se convertía en compañía al caer la tarde y, según a donde apuntara su antena o sintonizara, alcanzaba a recibir señales de Nayarit, Jalisco o, de vez en cuando, hasta de Nuevo León. También volvieron a mi memoria los días en en Villa Hidalgo, cuando la radio acompañaba mis tardes de estudio, ejercicio, o evitaba el sentimiento de soledad.
Siento pena por las personas que hoy no disfrutan de la radio, que no “conservarán así” ciertas épocas, caminos, personas de su vida. Y en mi caso, como el de muchos estoy seguro, quizá por eso nunca ha desaparecido del todo. Hoy compite con otros formatos, plataformas y dispositivos, pero sigue teniendo esa virtud de acompañar.
Escuchar nuevamente una buena producción radiofónica me recordó que, antes de los algoritmos y las listas de reproducción infinitas, hubo voces que nos enseñaron a imaginar sin necesidad de mirar una pantalla.
