Celebración clandestina

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En el ciclo escolar 2008-2009 trabajé con los niños que aparecen en estas fotografías en la comunidad de Villa Hidalgo, mpio. de Santiago Ixcuintla, en Nayarit. Ese año las clases también se suspendieron durante varios días por una pandemia: la gripe AH1N1.

Recuerdo bien que en días previos, ante el riesgo de suspensión, recorrí varias farmacias buscando cubrebocas hasta que finalmente encontré algunos. El gel antibacterial todavía no formaba parte de nuestra vida cotidiana, o mejor dicho, comenzó a hacerse popular precisamente a partir de aquellos días.

En la escuela instalamos filtros de entrada con apoyo de los padres de familia. Los docentes procurábamos seguir las medidas de prevención y difundirlas entre la comunidad escolar. A diferencia de lo que ocurre ahora, la información circulaba con mucha más lentitud. Tampoco existía la avalancha de opiniones, rumores y noticias falsas que hoy suele acompañar cualquier acontecimiento de gran impacto. Pero mis alumnos estaban especialmente preocupados por una situación que para ellos resultaba más cercana que la propia enfermedad: la posibilidad de que se suspendiera su anhelada celebración del Día del Niño. Faltaban pocos días para la fecha y la incertidumbre crecía.

Finalmente se anunció la suspensión y, claro, se dio el aviso que no habría festejos escolares.

Las clases se reanudaron días después y poco a poco aprendimos a convivir con aquel temor. Insisto, quizá ayudó que las redes sociales todavía no ocuparan el lugar que tienen hoy en nuestras vidas.

He tenido la fortuna de trabajar con muchos grupos especiales a lo largo de mi carrera docente. Sin embargo, aquel quinto grado ocupó un lugar particular en mi memoria por las satisfacciones profesionales que me brindó. Por eso no terminaba de sentirme cómodo con la idea de que su festejo del Día del Niño hubiera pasado inadvertido. Tenía la espinita clavada, me sentía en deuda con ellos.

Para finales de mayo, al menos en nuestra comunidad, la preocupación inicial había disminuido considerablemente. Fue así como acepté participar en un festejo organizado por una madre de familia en su rancho, a las afueras de Villa Hidalgo. La reunión se realizó fuera del horario escolar. Ella puso los tacos, los refrescos, el pastel y los dulces. Yo solo llevé una pelota para cada alumno. Nada extraordinario. Y, sin embargo, todavía puedo cerrar los ojos y ver a los niños corriendo entre los árboles, jugando con las pelotas, riendo durante las dinámicas que organizamos y disfrutando una celebración que creían perdida.

Al día siguiente regresamos a clases como si nada hubiera ocurrido. Nadie habló del festejo. Ni los alumnos de mi grupo ni los pocos estudiantes de otros grados que también habían asistido. Es más, ni siquiera mis mejores amigos que trabajaban en la misma escuela se enteraron. Y no era por miedo a una llamada de atención de la dirección o de alguna autoridad educativa, porque por fortuna no hubo contagios en la escuela ni en el municipio. Más bien existía el acuerdo de evitar que otros niños reclamaran una celebración semejante y que eso generara incomodidades entre los docentes.

Con el paso de los años llegué a pensar que las fotografías de aquel día se habían perdido. Las busqué varias veces sin éxito y terminé por creer que únicamente sobrevivían en la memoria de quienes estuvimos ahí. Hace unos días, mientras revisaba archivos antiguos, las encontré. Al volver a verlas comprendí que registran mucho más que una fiesta infantil, conservan el recuerdo de mi paso por las aulas, de un tiempo en el que una pandemia interrumpió las clases brevemente, modificó nuestras rutinas y canceló muchas actividades que parecían seguras. Y claro, «hablan» también de un grupo que se negó a perder por completo su Día del Niño.

Quizá por eso sigo pensando en aquella tarde como una pequeña celebración clandestina.


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