Educación multigrado, mucho más que una moda

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Al parecer hoy es políticamente correcto hablar de multigrado. Lo difícil es comprometerse realmente con él.

Como ATP he tenido la oportunidad de revisar las guías orientadoras para el Consejo Técnico Escolar en distintos momentos y con personas que desempeñan funciones muy diferentes. Para esta séptima sesión me tocó escuchar las orientaciones nacionales junto a colegas de todo el país; después analizar los materiales con supervisores; posteriormente compartirlos con directores; y finalmente trabajarlos hoy con docentes de aulas multigrado.

Cada uno de esos momentos me produjo reflexiones distintas. En las orientaciones nacionales encontré una mirada profunda sobre las temáticas, aunque no siempre acompañada de una idea clara de lo que ocurre en los colectivos escolares. Con supervisores y directores apareció otra perspectiva interesante, la de quienes conocen las posibilidades, limitaciones y condiciones reales para que una propuesta pueda llevarse a cabo en «sus» escuelas.

Sin embargo, el encuentro que más aprendizajes y satisfacciones me deja sigue siendo el trabajo con docentes multigrado, con quienes he tenido la fortuna de colaborar durante los últimos nueve años.

Quizá ocurre porque ahí todo se mide a la luz de la realidad. En esos ámbitos, las propuestas necesitan ser algo más que directrices. Los docentes requieren compartir experiencias, contrastar ideas, sentirse escuchados y, cuando existe la confianza suficiente, cuestionar o expresar sus dudas respecto a aquello que otros consideran pertinente. Y tienen derecho a hacerlo, porque conocen de primera mano las condiciones en las que trabajan.

Por eso no puedo evitar pensar en el momento que vive actualmente la educación multigrado. Hoy se habla de ella en reuniones nacionales. Se le presenta cada vez más como una pedagogía —o un conjunto de pedagogías— y no como una modalidad remedial. Se organizan encuentros, seminarios, publicaciones y espacios de reflexión. Los diarios le dedican atención. Muchas voces destacan sus virtudes. Todo eso es positivo. Pero también espero que quienes hoy hablan de multigrado lo hagan con plena conciencia de que están frente a una modalidad que durante décadas ha contado con maestras y maestros que aprendieron a trabajar con recursos limitados, a resolver problemas sin apoyos suficientes y a construir alternativas donde otros veían carencias.

A quienes siguen trabajando en esas aulas —o incluso a quienes han pasado por ellas— no se les debería engañar. No se lo merecen. Ojalá los hechos demuestren que el interés es auténtico… que la disminución de la matrícula en muchas regiones invite a dirigir más recursos, más acompañamiento y mejores condiciones hacia estas escuelas; que la demagogia muera.

Y deseo que quienes se atreven a proponer, opinar o «revalorizar» el multigrado lo hagan con la seriedad que merece, porque quienes han laborado en esta modalidad sabrán distinguir entre una simple moda pedagógica y un compromiso verdadero.


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