En menos de dos días, el calendario escolar cambió, dejó de cambiar y volvió a ponerse en revisión… pobrecillo.
Primero, el anuncio del jueves indicando que el ciclo escolar 2025-2026 terminaría anticipadamente el 5 de junio, por el calor y el Mundial. Después, la aclaración presidencial del viernes por la mañana diciendo que no era una decisión oficial, que era «solo una propuesta». Más tarde una nueva declaración del secretario reafirmando la fecha. Y para cerrar la jornada, otro video anunciando una reunión para el lunes 11 con el fin de, «ahora sí» tomar una decisión definitiva.
Y mientras tanto millones de familias, docentes y estudiantes en medio de la confusión. Aunque para algunos esto puede parecer solamente un ajuste de fechas, en realidad es mucho más grave. Cada modificación impacta planeaciones, prácticas profesionales, evaluaciones, traslados, economía familiar, organización y dinámicas de trabajo que normalmente se construyen con semanas —o meses— de anticipación. Es decir, desde fuera parece un cambio menor, pero desde dentro mueve piezas delicadas. La educación trabaja con procesos que necesitan tiempo, continuidad y cierta estabilidad para desarrollarse con sentido.
Estos días, mientras seguía las reacciones al anuncio nacional (entre mensajes de directores compartiendo capturas de Facebook y exigiendo oficios), pensé en la enorme cantidad de docentes y estudiantes que constantemente reorganizan actividades, ajustan tiempos, modifican agendas, realizan trámites urgentes o responden a indicaciones que cambian sobre la marcha («bomberazos decía un amigo). A veces, aunque lo neguemos, pareciera que olvidamos que la planeación educativa es mucho más que un simple asunto administrativo. Como les digo a mis estudiantes «lo planeado triunfa sobre lo improvisado», es una forma de alcanzar metas e incluso de cuidar trayectorias formativas.
Particularmente en la formación docente, cada día de observación, acompañamiento o práctica cuenta. No son solamente horas por cubrir; son experiencias que permiten comprender cómo funciona realmente una escuela, cómo se construyen vínculos pedagógicos, es decir, de aprender el oficio de enseñar. Por eso estresa que las decisiones lleguen tarde, que las indicaciones sean confusas…nos obliga a trabajar de prisa (mi papá es mecánico automtriz y dice que en el taller donde aprendió el oficio tenían por mantra «rápido y bien, no sé ha visto quién»).
Y tampoco olvidemos que lo que pasa arriba impacta a lo que pasa abajo. Cuando la improvisación se normaliza en las altas esferas, permea hacia las instituciones, y nos alcanza a los docentes e incluso a los estudiantes.
Por todo esto es obvio que la educación necesita más que buenas intenciones, necesita planeación, seguimiento, comunicación clara y respeto por los tiempos de los procesos educativos….y si eso no se respeta, será imposible avanzar.
