Apuntes breves sobre educación, lectura y vida docente.
Hoy me desperté repasando notas de futbol —pecata minuta— y, de la nada, me llegó esta reflexión:
Si en el fútbol estaríamos de acuerdo en que sería una pésima idea tomar a tu mejor jugador, justo en su mejor momento, y sacarlo de la cancha para volverlo entrenador… ¿por qué en educación lo hacemos con tanta naturalidad?
Porque eso es, en esencia, lo que ocurre cuando a un buen maestro se le lleva a la administración. A simple vista, suena lógico. Se piensa que quien ha sido eficaz en el aula puede aportar más desde la gestión, coordinar mejor, tomar decisiones más informadas, influir en más escuelas. En teoría, suena viable.
Pero hay una pregunta incómoda que no siempre nos hacemos:
¿qué estamos perdiendo en ese movimiento? Porque no es lo mismo enseñar que administrar. No es lo mismo saber realizar la función docente en el aula que operar estructuras, gestionar tiempos o responder a demandas institucionales. Son habilidades distintas. Y aunque pueden convivir en una misma persona, no están garantizadas por el simple hecho de haber sido un buen docente.
El riesgo está en que podemos perder a un gran maestro(a)… sin asegurar que ganamos un buen administrador(a), especialmente si no hay algún tipo de formación para el nuevo cargo.
Y que quede claro que esto no es una crítica a quienes asumen funciones directivas o que ocupan un lugar en la administración. Muchos lo hacen con compromiso, aprendiendo sobre la marcha, construyendo nuevas formas de actuación. Esto es solo una invitación a mirar el problema desde otro ángulo: el de las trayectorias profesionales en educación. A no pensar que la única manera de “crecer” en el sistema es salir del aula. Como si quedarse en ella fuera estancarse. Como si el reconocimiento tuviera que pasar, necesariamente, por dejar de enseñar. Porque tal vez el problema no es que haya docentes que pasen a la administración, para nada. El problema es que no hemos construido, con la misma fuerza, caminos para que un gran docente sigan siéndolo… y sea reconocido, valorado y mejor remunerado por ello.
Si en el fútbol cuidamos a nuestros mejores jugadores para que sigan jugando…
¿por qué en educación seguimos sacando de la cancha a quienes mejor lo hacen?
