Apuntes breves sobre educación, lectura y vida docente.
Hoy me tocó realizar mi registro para promoción horizontal. Llegué temprano a las oficinas de USICAMM, así que mientras esperaba turno escuché a dos maestras quejarse sobre algo de lo que cada vez se habla más: compañeros que usan inteligencia artificial, dispositivos alternos o distintos “apoyos” para los procesos de evaluación.
Eso me hizo recordar que durante años cuestionamos el modelo de aplicación de exámenes en sedes físicas. Hoy la tecnología permite procesos más ágiles, accesibles y que seguramente representan ahorros importantes para el sistema, pero también abrió nuevas posibilidades para las trampas.
Lo que me molesta de todo esto no es solamente que alguien “haga trampa” en un examen —eso, lamentablemente, ha existido siempre—, sino saber que quien obtiene un resultado de ese modo también le está cerrando el paso a otra persona que sí estudió; a alguien que sí sacrificó tiempo con su familia, horas de descanso o fines de semana leyendo documentos, tomando notas y elaborando sus propios materiales (ahí sí es válido usar todos los recursos a su alcance: ¡para estudiar!).
Y en el caso de quienes acceden así a una nueva función, quizá olvidan que tarde o temprano llegará el momento en que deban resolver problemas reales, acompañar docentes, tomar decisiones pedagógicas o coordinar colectivos escolares con solvencia… y ahí ya no habrá otra pantalla, dispositivos ocultos o inteligencia artificial que los salve.
Ojalá que el sistema haga algo al respecto y, sobre todo, que no normalicemos esos engaños ni la falta de ética. Eso no es ser hábil, inteligente o astuto, eso es hacer trampa. Y cada vez que eso ocurre se comete un daño que tarde o temprano teminará alcanzándonos a todos: al sistema, a las escuelas, a los colegas que sí se preparan… y también a la propia conciencia. Porque ni los espacios ni los recursos son infinitos.
