De sietes, libros y maestros

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Soy enemigo de desvelarme, mi familia y personas cercanas lo saben bien. Pasada la hora habitual de irme a dormir ya no estoy muy consciente de lo que pienso, hago o respondo. Pero antenoche pasé uno de esos muy raros días en que no tenía sueño, seguramente debido a que tras varios días de cuidados por una cirugía dental, llegué a ese momento con energía acumulada.

El caso es que no me inquieté, en lugar de dar vueltas en la cama lo aproveché para hacer algo de utilidad. Lo primero fue atender el correo de un estudiante, quien pedía aclaración tardía por su calificación del último semestre (un siete que le despertaba «curiosidad», me dijo). Le respondí. Después me seguí con el análisis de los resultados de un diagnóstico, al inicio de un nuevo curso, en eso me llevé mucho más tiempo.

Horas después, como seguía sin sueño, elegí leer. Pero decidí no tocar los libros que llevo avanzados –locuras mías—, así fue que tomé uno de entrevistas de Sergio Sarmiento. Repasé las que le hizo a Mario Vargas Llosa, José Saramago y otros; al cerrar el libro vi la portada y recordé que lo compré en un estanquillo de segunda mano. Luego leí un cuento de “Mesa para dos” de Amor Towles. De ese tuve claro que lo compré nuevo.

Luego leí un fragmento de un texto educativo de Manuela Cecotti. Al cerrarlo vi el sello de una biblioteca, pero no supe si me lo regalaron o me lo regalé, porque como decía mi maestro Marco Antonio Hernández Navarrete:

“Tonto el que presta un libro, pero doblemente tonto el que lo regresa”. 🤭

El nombre de mi maestro, me llevó de golpe a mi etapa de estudiante en la licenciatura.

Retornando a la solicitud de mi alumno, recordé que mi certificado de licenciatura está adornado (sin falsa presunción) de buenas calificaciones… excepto en tres cursos que él, el maestro Marco Antonio, me dio clase. Ahí aparecen dos sietes. Recuerdo que en su momento, consternado por eso que a esa edad parece muy importante, le pedí una aclaración. Me respondió de manera concreta quE necesitaba participar más en forma oral; al final del segundo curso tuve otro siete, y esa vez me dijo que necesitaba mejorar en mi argumentación escrita. Y aunque su exigencia era grande también lo entendí como una forma de motivarme, porque a la tercera, cuando logré un nueve con él, lo celebré en silencio.

Y como a esas horas seguía sin sueño, me puse a reordenar mis libros. Después de media hora me di cuenta que entre los que yo llamo “mis libros”, en realidad tengo los que me han regalado, que he comprado nuevos, usados, intercambiado, jugado en un volado (se los juro), prestados que quizá devuelva, prestados que me da pena devolver (una disculpa centro de maestros de Tepic, Santiago y Compostela, bibliotecas públicas de San Blas, Tepic, creo que San Pedro Lagunillas, y otras más que, quizá si me los pidan, por eso no las nombro 🤭).

Ya para entonces, sentí que al ordenar mis libros, hice un círculo entre lo que me exigen aclarar hoy y lo que yo mismo pedía. Me sentí contento.

Desde hace muchos años he pensado que mi inspiración es libresca, leer me nutre de ideas que se relacionan o no con lo que leo…me exige, me hace recordar, me conmueve y de vez en cuando, me mantiene despierto para recordarme quién soy: un lector, que hoy trabaja de maestro y que escribe también de lecciones que no siempre terminan en diez.


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