El niño de Jalco que traspasó fronteras

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“A diferencia de las personas que nacen en hospitales, en una ambulancia o en un taxi, yo aparecí en una casita de adobe con techo de paja que estaba en un extremo de la única calle de Jalcocotán, al que todo el mundo llamaba Jalco para abreviar…”

Ernesto Galarza, 1971

Así comienza Barrio Boy, el libro autobiográfico de Ernesto Galarza, (traducido como Traspasando fronteras), que ha llegado a incluirse en cursos escolares de Estados Unidos para abordar temas como la inmigración, identidad, o resiliencia.

Ernesto nació en Jalcocotán, Nayarit, el 15 de agosto de 1905, y desde pequeño aprendió lo que significa vivir apartado de todo y, aun así, llegar muy lejos. Su vida fue una travesía de superación constante, de las huertas de Jalcocotán y sus anécdotas en plena Revolución mexicana, a su traslado a los campos de California, en un país desconocido.

Aquel niño de “Jalco”, que en su autobiografía relata que aprendió a leer gracias a un libro de cocina que había pertenecido a su abuela, llegó a universidades exigentes, donde estudian personas de muchos países, sin olvidar sus vivencias en tierras mexicanas. Con el tiempo obtuvo una beca para estudiar en Occidental College, hizo una maestría en Stanford y más adelante un doctorado en Columbia. Más tarde, gracias a su inteligencia y aprendizaje del idioma inglés logró utilizar todas sus experiencias para algo más que sacar buenas calificaciones: ayudó a otros inmigrantes a traducirles la lengua que había aprendido, pero también a organizarse en defensa de los abusos que se cometían contra ellos.

Fue así que Ernesto Galarza no se hizo conocido por obtener títulos académicos, sino por ponerlos al servicio de los demás. Fue escritor, profesor e investigador y un promotor en la creación de organizaciones de trabajadores agrícolas en Estados Unidos. Denunció abusos, impulsó sindicatos, escribió análisis y reportes, y dejó una obra enorme para explicar con claridad lo que muchos preferían esconder: que el alimento que llega a nuestras mesas suele pasar primero por manos cansadas y mal pagadas. También escribió sobre educación, identidad y dignidad.

Por ello, cuando en Jalcocotán se devela un busto en su honor, es una manera de decir “aquí nació alguien que no olvidó su origen defendió a los suyos”. Y por eso mismo tiene sentido que un CBTA lleve su nombre, o una beca otorgada a estudiantes desatacados por la Federación Nacional e Internacional de Nayaritas en Estados Unidos (FENINE-USA); todo para que las nuevas generaciones lo miren como un testimonio de lo posible. Incluso existe una iniciativa para que su legado quede grabado de forma permanente en la historia oficial de Nayarit, al inscribir su nombre con letras doradas en el Muro de Honor de la Sala de Sesiones “Licenciado Benito Juárez García”, y para declarar el 15 de agosto como día estatal para honrar su nombre.

Cada vez que se pronuncia el nombre de Ernesto Galarza, no se evoca únicamente al escritor o al activista, se recuerda también a ese niño nacido en un pequeño pueblo nayarita, cuya vida fue una lección de coherencia: demostró que los libros no solo sirven para entender el mundo, sino para transformarlo.


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