Ni favores ni palancas: la dignidad del ingreso al servicio docente…

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Hace unas semanas algunos docentes recién egresados me platicaban la dificultad que viven para conseguir un interinato o plaza docente. Incluso, señalaron comentarios en torno a la entrega de espacios fuera de lo establecido en USICAMM, para nuestro estado. Yo les dije que, si eso fuera cierto, era una situación muy grave, por lo que primero debían cerciorarse de la veracidad de esas noticias. Les comenté la necesidad de estar al pendiente y tener paciencia, sí, pero también la importancia de organizarse para solicitar que todos estos procesos se lleven con justicia y legalidad.

No es un tema menor. En distintas partes del país (Puebla, Morelos, Estado de México, Baja California Sur y Zacatecas) han surgido señalamientos, denuncias y revisiones sobre posibles irregularidades en la asignación de plazas e interinatos. Aunque cada caso debe analizarse con responsabilidad y sustento, el solo hecho de que existan dudas sobre la transparencia de estos procesos debería preocuparnos a todos. El ingreso al servicio docente no puede depender de discrecionalidad, favores o influencias, sino de reglas claras, públicas y parejas.

La charla quedó ahí.

Pero esta mañana, buscando un documento para el pago de mi refrendo vehicular, en una caja de plástico donde van a parar todos los papeles importantes, aunque no siempre con el orden que deberían (mi esposa me llama la atención con frecuencia), me encontré dos carpetas viejas de cuando buscaba desesperadamente un espacio para ejercer mi profesión docente.

Entonces pasó lo de siempre: me distraje de mi propósito inicial y comencé a hojear aquellos documentos.

Casi sin darme cuenta, pasé mucho tiempo explorándolos, recordando esa etapa y, sobre todo, teniendo muy claro que solo quienes vivimos el periodo previo a los exámenes de oposición para el otorgamiento de plazas sabemos lo que significaba buscar trabajo en el magisterio. En educación primaria, los concursos como hoy los conocemos comenzaron a organizarse de manera más clara a partir de 2009. Antes de eso, el camino era incierto, desgastante y muchas veces injusto.

Ahí estaban cartas recibidas desde la capital del país, con membretes de distintas dependencias. Nombres de presidentes de la república, secretarios y secretarias de educación, instancias federales y estatales, que una y otra vez respondían que no había respuesta favorable para mí. Yo pedía plazas, interinatos, exámenes de oposición… cualquier vía formal para demostrar que podía y quería trabajar como maestro.

También encontré copias de solicitudes entregadas a instancias oficiales y a secciones sindicales en mi estado. Pero al no ser hijo de docentes, poco podían —o querían— hacer por mí. Recuerdo que, de las decenas de veces que acudí a una de esas oficinas, una vez “logré” que me anotaran en una libreta. No para ser candidato a una plaza, interinato o contrato, no. Era para ser candidato a algo que en la opacidad se llamaba “meritorio”: realizar actividades no remuneradas —secretariales, de portero, e incluso actividades agrícolas — a favor de algún cacique “liderazgo sindical”. Gracias a Dios, nunca fui llamado, porque en mi desesperación tal vez lo habría aceptado.

También encontré recomendaciones de personas bien intencionadas que, al escucharme, seguramente se compadecían y me extendían un documento que después era ignorado. Siempre era igual: “¿De quién eres hijo?” …“Ah… no es maestro, maestra… vuelve después…”

Incluso vi mi nombre en una columna de opinión donde, gracias a uno de mis maestros normalistas, un periodista y docente intentaba señalar la opacidad que se vivía en esos procesos.

Y, mientras pasaba las hojas, regresaron a mi mente otras escenas: una visita a la radio de Santiago Ixcuintla para hablar de la falta de equidad, charlas con otros compañeros en la misma situación, intentos por conseguir oportunidades en otros estados como Jalisco, Michoacán y Zacatecas…y a punto estuve de partir a Nuevo León, cuando por fin se habilitó el anuncio sobre los exámenes para el otorgamiento de plazas (entre mis documentos encontré no solo mi ficha de inscripción, sino también una solicitud de baja temporal de la maestría que cursaba en la UAG, con la finalidad de prepararme a conciencia)

Pasaron varias horas. No avancé en otras actividades pendientes (una disculpa si leen esto compañeros de la revista). Pero entendí que no iba a concentrarme en nada más hasta decir esto:

Me pronuncio en contra del otorgamiento discrecional de plazas, interinatos o cualquier espacio docente fuera de los mecanismos legales y transparentes.

No lo digo desde la teoría. Lo digo desde la memoria, quizá aún herida. Desde la experiencia de haber tocado puertas durante años sin “palancas”, sin herencias, sin influencias. Lo digo como alguien que sabe lo que duele ver cómo el esfuerzo académico y la vocación pueden quedar en segundo plano cuando no existen reglas claras o cuando estas no se respetan. Espero que esos momentos no regresen…

Quienes hoy están empezando merecen un sistema que funcione con justicia.

Quienes ya estamos dentro no podemos ser indiferentes.

Como les dije a los docentes egresados: La paciencia es importante, sí. La organización también. Pero, sobre todo, la exigencia de legalidad, transparencia y equidad en el ingreso y promoción al servicio docente.

Porque cuando las plazas se asignan con justicia, gana el magisterio. Y lo más importante: ganan las niñas y los niños de México.


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