¿Formar o entretener?, una reflexión sobre la infantilización docente

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En estos días, mientras reviso materiales y repaso orientaciones para un taller dirigido a directores escolares (de cara al regreso de vacaciones el 7 de enero), una idea volvió a aparecer en mi mente. No es nueva, pero esta vez se vuelve difícil de ignorar: la infantilización que, en ocasiones, se ejerce sobre el docente en los espacios formativos.

No hablo del uso del juego, del movimiento o de lo vivencial per se. Eso, bien diseñado y justificado, puede ser profundamente didáctico; estoy seguro de que muchos de nosotros lo hemos puesto en práctica. Me refiero a otra cosa: a actividades que parecen pensadas más para “animar” que para provocar pensamiento, o para ocupar el tiempo en lugar de respetar la experiencia profesional de quienes participan.

Pongo un ejemplo concreto, desde un material sugerido para supervisores y directores: en una propuesta se sugiere organizar a los participantes en equipos, vendarles los ojos con paliacates y darles una cuerda para que, algunos sin hablar, formen un cuadrado perfecto. Al final, se invita a reflexionar sobre la importancia de la colaboración y el diálogo horizontal. La intención es clara y válida, pero el medio puede resultar desproporcionado, ¿no lo creen? El mismo mensaje (la necesidad de dialogar y colaborar) puede construirse de forma más directa, profunda y segura con personas adultas que, además, toman decisiones complejas todos los días sin mediación alguna.

En otra ocasión, un colega me contó de un curso de capacitación estatal donde se guió a los docentes, paso a paso, para recortar una hoja, enrollarla como un tubo y mirar a través de ella para “comprender” que la realidad se percibe de manera parcial. En sus palabras, lo sintió como un insulto a su capacidad. Nuevamente, la idea de fondo es relevante, pero la actividad se queda corta frente a la posibilidad de análisis y la experiencia acumulada de los participantes. Al hacerlo así, no solo se ignoran sus saberes, sino que se les impide avanzar con mayor profundidad.

A menudo, estas actividades se justifican como “rompehielos” o estrategias para hacer más “dinámicos” los talleres; sin embargo, suelen generar el efecto contrario: resistencia silenciosa, desconexión o un cumplimiento mecánico. En casos no menores, implican incluso riesgos físicos innecesarios al exigir movimientos para los que no se cuenta con la ropa o el calzado adecuado.

El problema de fondo no es metodológico, sino pedagógico. Parte de una confusión frecuente: creer que si no hay movimiento físico, materiales o juego, el aprendizaje no ocurre. Se olvida que, como adultos —y más aún como docentes y directivos—, el pensamiento se moviliza de otras formas. Una pregunta bien planteada, un caso real, una experiencia compartida o un momento de silencio reflexivo pueden ser mucho más potentes que cualquier dinámica forzada.

Formar a docentes no implica tratarlos como niños grandes. Implica reconocerlos como sujetos pensantes, con trayectoria, criterio y tensiones reales entre la norma y la vida cotidiana. Respetarlos también es confiar en su capacidad de abstracción, juicio y diálogo, sin necesidad de traducir cada idea en una analogía manual.

Quizá quienes leen esto han sentido algo similar en algún taller (incluso un poco de pena), pero no lo han dicho por costumbre o prudencia. Nombrarlo no busca descalificar esfuerzos, sino abrir una conversación necesaria: ¿estamos formando o entreteniendo?, ¿estamos provocando reflexión o solo cumpliendo con un guion?

Planificar nuestras prácticas de formación también es un acto pedagógico. Hacerlo desde el respeto al docente como adulto es, sin duda, el mejor punto de partida.

Nota aclaratoria: Esta reflexión nace desde mi convicción sobre la importancia de los espacios de formación docente y el Consejo Técnico Escolar. Como profesional de la educación que ha colaborado en diversos procesos formativos, mi intención no es descalificar estos espacios, sino aportar a una conversación necesaria para fortalecerlos, partiendo siempre del respeto a la dignidad y profesionalismo de mis colegas.


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