Cuando trabajé y viví en Villa Hidalgo, Nayarit, había un fotógrafo al que solía encontrarme de vez en cuando. Me gustaba saludarlo.
—¿Cómo está? —le preguntaba.
—¿Comparado con quién?… conmigo, más viejo que ayer, pero más joven que mañana.
Su respuesta siempre me hacía gracia. El señor rondaba los setenta años, era simpático, activo, y parecía haber hecho las paces con el paso del tiempo. Me acordé de él estos días mientras repasaba el libro Sapiens: De animales a dioses, de Yuval Noah Harari, donde dedica un capítulo completo a una idea incómoda pero honesta: no somos inherentemente más felices que nuestros ancestros prehistóricos o medievales. Y claro, el tema cae como anillo al dedo en estas fechas. Diciembre no solo es tiempo de reuniones, abrazos y balances; también es el momento en que muchos escribimos propósitos, listas de deseos y planes para “ahora sí” ser más felices el año que viene.
Harari pone el dedo justo ahí. Para él, la felicidad —o bienestar subjetivo— no depende tanto de nuestras condiciones objetivas de vida como de la relación entre esas condiciones y nuestras expectativas. Si lo que esperamos crece más rápido que lo que vivimos, aparece la insatisfacción. No importa cuánto avancemos: siempre parece insuficiente.
A esto se suma algo todavía más inquietante: nuestros límites bioquímicos. Según Harari, el cerebro humano tiende a regresar a un nivel básico de felicidad, más allá de picos momentáneos. Ganar la lotería, lograr un ascenso o cumplir una meta puede darnos un subidón… pero no cambia el sistema de fondo. Incluso es igual para ciertos eventos negativos. Al poco tiempo, volvemos a nuestro punto de partida emocional.
Ahí aparece la paradoja del progreso: nunca habíamos tenido tanto poder, tanta tecnología, tantas opciones, y sin embargo eso no se traduce automáticamente en una vida más feliz. Nuestras expectativas crecen al mismo ritmo, o más, que nuestras posibilidades, y la carrera no se detiene.
No es casual que Harari (israelí) dialogue con el budismo. Desde esa mirada, que no debe tomarse como predica ni receta (yo mismo profeso otra religión), el problema no es la falta de placer, sino el ansia constante de más. La felicidad no estaría en acumular experiencias, logros o sensaciones, sino en aprender a observarlas sin aferrarnos, con cierta serenidad y comprensión de nuestra propia naturaleza.
Por eso vuelvo al fotógrafo. A su forma simple de medirse: no contra otros, no contra ideales inflados, sino contra el tiempo que pasa y que, nos guste o no, sigue avanzando. Tal vez recordar todo esto no nos diga exactamente qué poner en nuestra lista de propósitos para 2026, pero sí podría ayudarnos a revisar desde dónde los hacemos.
Quizá no se trate de ser “más” en todo, sino de ajustar expectativas, aflojar comparaciones y, como aquel fotógrafo, aprender a estar un poco más en paz con el hecho de que hoy somos más viejos que ayer… pero todavía más jóvenes que mañana.
