Nota al lector: Los apodos citados a continuación forman parte de una memoria de época y lugares concretos. Entiendo que hoy algunos pueden resultar ofensivos. Los utilizo como registro de cómo nos nombrábamos entonces y me disculpo por cualquier molestia que puedan ocasionar.
El pasado miércoles estuve junto a mis compañeros del IEENN en un taller de escritura creativa coordinado por Trini Beltrán donde, entre distintos fragmentos de poemas y microcuentos leídos apareció “Solo un nombre”, de Alejandra Pizarnik…que dice así:
Ese poema de tres líneas se me quedó grabado…tanto que incluso al día siguiente, mientras hacía mi rutina matinal (que va desde leer un poco, preparar el desayuno, desayunar de prisa, y llevar a mi hija mayor a la escuela), todo el tiempo traje la idea en la mente.
Luego, al llegar a mi trabajo más temprano que de costumbre (dado que mi hija, tuvo que llegar antes por los ensayos del desfile) decidí dejar mis cosas y caminar unos minutos por los alrededores para aclarar la mente. Entonces me llegó un mensaje de un primo preguntándome por algo, pero se refería a mí como “RAYO”, un sobrenombre familiar que ya casi no oigo…entonces me dio por refrescar la idea de Pizarnik. Luego, en plena caminada pasé por una banqueta que está invadida por las sillas de un puesto de tacos, dije “con permiso” y la voz de un joven me respondió “¡pase VIEJÓN!”. Esto me dio mucha risa, porque es la primera vez que alguien me dice así. Más adelante entré a una tienda a comprar un agua mineral y la encargada se dirigió a mí como “JOVEN” (lo que sanó la anterior afrenta 🤭). Después regresé al trabajo y el señor encargado del portón me recibió con un “adelante PROFE”. Entonces llegué a mi escritorio y empecé a imitar a Pizarnik, solo que con un poco más de detalle:
rayo, viejón, joven, profe, joel, servando, nando, dito, serva, serra, servi, maestro, papá de Mayra, papá de Lucía, oiga, cerebrito…
y debajo estoy yo
Y ahí pudo haber terminado. Pero luego empecé a recordar algunos sobrenombres o apodos, no míos, sino de mis amigos del barrio y la escuela y me dije que, si lo pensamos a detalle, qué cansado es andar por ahí, debajo de todas las formas posibles en que nos hablan. Desde los más típicos, que sé bien que hoy son ofensivos, pero que en su momento se decían , quizá sin pensar, sin pleitos, ni reclamos, como: chaparro, pollo, güero, gordo, flaco…(me disculpo, pero en verdad era así 🤷🏻♂️)
Hasta aquellos que pocas veces escuché: caballo, labión, tuercas, huesitos, puye, guarache, tiritos…
Hasta los que, no sé porqué, pero a quienes les decían así, lo aceptaban e incluso se presentaban de ese modo: chilango, tiritos, pony, gallo o tocino (aunque no me lo crean).
Y el más singular de todos, aunque del orden de los apodos compuestos: culito de zanahoria.
Lo bueno que enseguida llegaron mis compañeros de la supervisión y empezamos a trabajar, salvándome de Pizarnik, de los sobrenombres y sobre todo de mí.





