Por conducir ensimismado, no me percaté que otros automovilistas daban vuelta frente a mí. Ahora soy el primer infeliz de la fila recién formada ante el tren que tapa el paso en la avenida. Hay motociclistas en ambos lados, imposible dar marcha atrás sin causar un lío. Resignado apago el motor y veo el reloj del tablero.
8:49. Un hombre que viaja de trampa desciende con pericia de un vagón y se dirige hacia mí. Echo un vistazo al hueco junto a la palanca de cambios donde suelo llevar algunos pesos, pero solo veo un recibo arrugado. El hombre se para sonriente a mi lado, señala hacia el tren y dice “está corto…se va rapidito”. Solo atino a sonreír lamentando la falta de monedas para compensar su pronóstico.
8:50. Miro por el retrovisor y la fila de autos parece interminable: puro resignado. Los motociclistas en cambio llegan y se devuelven con facilidad. Escucho a uno preguntar a su acompañante si deberían rodear por un costado de las vías. La pareja se atreve y los miro avanzar con un poco de envidia.
8:52. Comienzan a llegar peatones. El más anciano es quien pone el mal ejemplo de cruzar con riesgo por el espacio entre los vagones. Busco algo en qué ocuparme y levanto el recibo arrugado para descubrir que debajo había monedas.
8:57. Leía un libro que saqué de la guantera, cuando me interrumpe el sonido de una bocina al son de “tragos de amargo licor, que no me hacen olvidar, me siento como un cobarde, que hasta me pongo a llorar…”. Se trata de una pareja de hombres en un motocarro; de reojo les veo codearse y cantar a todo pulmón. Lejos de molestarme, en mi voz interna los acompaño en su canto.
8:58. El motocarro retorna y el dúo, que en realidad era trío, se desintegra.
8:59. Retomo la lectura y me doy cuenta de que el pasaje que leo de “El color que cayó del cielo”, encajaría perfecto con aquella canción, cuando casi al final del cuento siete hombres se alejan de la granja maldita por el bosque sin atreverse a mirar atrás…pienso que les vendría bien un trago de amargo licor.
9:02. Justo leía en el cuento cómo fue que aquel bosque se convirtió en un desierto al lanzar un meteorito invertido –de la tierra al cielo–, cuando alguien me asusta al tocar el cristal de la ventanilla. Se trata de un vendedor de guamúchiles. Con el corazón acelerado dejo el libro de lado y me estiro para bajar el vidrio. Tomo las monedas escurridizas y las uso para comprarle.
9:03. Después de tranquilizarme comiendo guamuchiles, sigo el vuelo de una mosca que se para en el parabrisas. Las vías crujen y me emociona ver que el tren avanza unos metros.
9:04. Fue un engaño, el gigante sigue inmóvil. Otros caminantes cruzan al otro lado en forma temeraria.
9:06. Llega un ciclista. Se detiene y baja de su bicicleta. En lugar de esperar toma el manubrio, su mirada va y viene entre los vagones, parece medir esfuerzo y tiempo para cruzar. ¿Y si se atreve? una ráfaga de imágenes pasa por mi mente: una llanta atorada, el tren arrancando… la desesperación en su rostro.
9:09. Veo al ciclista apretar los labios y flexionar las rodillas, listo para lanzarse. Sin poder contenerme mis dedos tocan el claxon. El sonido rompe el silencio y frustra sus planes. Lejos de obtener aprobación, recibo miradas que siento como mentadas de madre de él, el vendedor de guamuchiles y una señora que espera bajo su paraguas. Con disimulo subo las ventanillas y finjo leer lo que ya terminé.
9:11. El vendedor de guamúchiles aprovecha a los clientes cautivos. Me pregunto si no estará coludido con el hombre que predijo el rápido avance del tren, o con el mismo maquinista para retenernos hasta acabar su mercancía. Empoderado con mi sospecha bajo el vidrio de la ventanilla.
9:14. Gasté los últimos minutos recordando la anécdota de un amigo que, por conducir distraído a causa de un malentendido telefónico con su esposa, estuvo a punto de ser arrastrado por un tren en otro cruce de Tepic. Pasó a escasos metros de la locomotora ante la mirada atónita de un hombre (otro trampa) que se dio cuenta de la escena sin decir palabra. Hasta que atravesó las vías, se enteró del pitido y las luces que le echó encima el maquinista.
9:16. El tren parece moverse. Otra finta.
9:17. Por fin hay movimiento real sobre las vías. Por el hueco entre los vagones veo que la fila del otro lado es más larga que “la nuestra”.
9:18. Tomo una foto.
9:20. Peatones y conductores estamos atentos… como a la espera del grito de ataque para librar la batalla contra los de enfrente.
9:21. Por fin se libera el cruce. En lugar de riña se produce un pacífico encuentro entre ambos bandos.
Por mi parte conduzco renovado y con el grito en pecho que quedó pendiente: “por si acaso quieres regresar, te voy a esperar, te voy a esperar”.
Escrita en junio de 2024.
