A José Alfredo Jiménez un arriero le enseñó que “no hay que llegar primero, sino hay que saber llegar”. En mi caso, no fue un arriero, sino un boletero de Cinépolis.
Yo no pensaba entrar al cine. De hecho, mi única intención era algo mucho más terrenal: usar los mingitorios que se ubican a un costado de las salas de plaza La Cantera. Una necesidad fisiológica, nada espiritual. Caminaba de regreso sin prisa, con esa dignidad fingida de quien disimula el apuro.
Fue entonces cuando el boletero, viendo mi paso lento y mi rostro indeciso, me lanzó la pregunta que cambiaría mi tarde:
—¿No quiere pasar al estreno de «Cuando el cielo se equivoca»?…De Keanu Reeves
—¿Keanu Reeves? ¿El de Matrix? —pregunté, más por educación que por interés.
—Sí, ese mero.
Y yo, que acababa de discutir con mi esposa porque no contestaba mi llamada sino hasta la séptima o la octava (rematándole que prefería agregar al guardia/un vecino que a ella en un formulario de «a quien llamar en caso de emergencias» 😅), que recién ayer había sido mi cumpleaños y, sobre todo, que tenía dos horas libres entre la jornada matutina y la vespertina, pensé: ¿Por qué no? Si ya vine hasta aquí…
Eso sí, antes de aceptar, marqué a la tienda departamental que me ofrece cada dos meses el combo de palomitas y refresco por $89, porque podré ser impulsivo, pero no tonto.
Entré. La sala estaba completamente vacía. Ni una pareja, ni un grupo de adolescentes, ni el clásico espectador que mastica palomitas como si le guardaran rencor. Solo yo. Y en la pantalla pronto aparecería, Keanu Reeves, convertido en un ángel bienintencionado que baja del cielo a ayudar a un mortal y termina arruinándole la vida. (No es espoiler..cuando el cielo se equivoca, saabe 🤷🏻♂️).
Pasaron cinco, diez minutos… y nada. La función no comenzaba. Salí y le recordé al boletero que yo estaba ahí.
—Ah, sí, cierto. Enseguida se la ponemos.
Y así, por mi intervención, arrancó la película. Me sentí como bienechor anónimo, de esos que hacen que el mundo funcione sin aplausos.
La historia avanzó con ritmo ligero: Keanu enredado en sus dilemas celestiales, confundiendo milagros con errores humanos. Yo me reía solo, lo cual es un placer inusual. Uno puede carcajearse sin pena, acomodar los pies en el asiento de enfrente, hablarle a la pantalla, y hasta filosofar en voz baja sobre los designios del universo sin que nadie lo mire raro.
Al llegar los créditos apareció el cansancio y me eché un coyotito. No lo niego. Al fin que el conflicto ya se había resuelto y mi refresco no tenía gas.
Desperté con la garraspera fingida de una mujer que amablemente ofreció llevarse mi bandeja.
Salí sonriendo. El boletero me saludó con una mezcla de sorpresa y complicidad.
—¿Qué tal la película?
—Está buena—le respondí contento. Luego de unos pasos me detuve. Pensé en aclararle que si le decían que me había dormido solo fue en los créditos, pero lo creí innecesario. Total, hasta el cielo se equivoca 😉.
Y así fue como, buscando unos mingitorios, terminé encontrando un momento de silencio, carcajadas privadas y esta anécdota para mi blog.

