Hay autores que uno descubre muy pronto. Y hay otros que lamentas no haber conocido antes, pero igual disfrutas sus letras. A mí me pasó eso con Mario Vargas Llosa.
Fue en la FIL de Guadalajara, en 2016. Ese año presentó su novela Cinco esquinas, y también participó en una charla con escritores latinoamericanos en torno a su legado. Yo estaba ahí, en una de esas salas, escuchándolo hablar y tomando notas entre gente apretujada. Recuerdo que pensé: ¿cómo es que no lo he leído todavía?, ¿cómo es eso posible?
Desde entonces lo he leído con una especie de voracidad ordenada, si es que eso existe. Primero las novelas grandes, las que exigen más del lector: La ciudad y los perros, con esa técnica polifónica que te obliga a volver páginas atrás para armar el rompecabezas; La Casa Verde, donde el tiempo, las voces y los escenarios se doblan; Conversación en la catedral, esa pregunta brutal que abre la novela: «¿En qué momento se jodió el Perú?».
Después vinieron para mí otras más accesibles en la forma, pero no menos poderosas en el fondo. La Fiesta del Chivo me sacudió de una manera que no esperaba. Travesuras de la niña mala me atrapó con esa mezcla de ligereza y melancolía que solo los grandes escritores saben sostener sin que se caiga ninguna de las dos.
Que fascinación saber que se trata del mismo autor. Con distinto traje, pero la misma mano.
Algo que casi nadie menciona —o al menos no tanto como debería— son sus cuentos. Los Jefes, su primer libro, contiene dos que me encantan: El desafío y Día domingo. Él mismo los miró siempre con cierta condescendencia, como si fueran los borradores de algo mayor. Puede ser. Pero a mí me encantan y me gustaría hacer más por que otros los conozcan.
Vargas Llosa también escribió fuera de la ficción, y eso tampoco hay que pasarlo por alto. Cartas a un joven novelista es uno de esos libros que entre los aspirantes a escritor uno presta y luego tiene que comprarse otro ejemplar porque el primero no vuelve. Y en El pez en el agua, están sus memorias, que a veces creo leer escuchando su propia voz…Mario hablando de sí mismo con la misma precisión con que contruyó a sus personajes.
Y luego está la columna Piedra de Toque, que publicó durante décadas en distintos medios del mundo hispanohablante y que también intenté seguir, esa sí en tiempo real. Ahí se veía la faceta del escritor que asume que opinar en voz alta tiene un costo, y que ese costo vale la pena. Su manifiesto siempre fue el mismo: decir su verdad, aunque incomode. Aunque moleste. Aunque cueste lectores o amigos.
No todo lo que dijo lo comparto, claro. Pero sí esa convicción de que la escritura no siempre puede ser decorativa.
Hace unas semanas terminé un taller en línea de la Biblioteca Nacional del Perú: Técnicas narrativas de Mario Vargas Llosa. Cuatro sesiones en las que “de la mano” del maestro Camilo Torres estudiamos su obra desde adentro, con atención al oficio y los vasos comunicantes, el dato escondido, el narrador omnisciente que miente. Fue, para decirlo sin exageración, uno de los mejores regalos del oficio que me ha dado este año. Le agradezco a la Biblioteca Nacional del Perú la generosidad de abrir ese espacio y de permitirme participar desde aquí, desde Tepic, con pantalla, audífonos y las ganas intactas.
Mario Vargas Llosa murió el 13 de abril de 2025. Hoy se cumple un año, pero nos queda su obra para disfrutar, ese es su legado.
Y tú: ¿Leíste a Vargas Llosa? ¿Por cuál empezaste? Cuéntame en los comentarios.



