La semana pasada escribí sobre la necesidad de volver a hablar de alfabetización inicial. Lo hice desde la experiencia, desde lo observado en decenas de clases y desde mi creencia absoluta en los aportes de la didáctica latinoamericana sobre el tema. Y también recordaba que esto no es nuevo, como decía el maestro José Antonio Contreras: no estoy descubriendo el hilo negro. Es un tema que llevamos décadas discutiendo.
Pero, si ya se ha investigado tanto… ¿por qué seguimos desorientados al respecto?, ¿por qué seguimos repitiendo patrones que no funcionan?
Yo creo que las posibles causas son muchas, empecemos con dos:
Lo primero es porque la formación inicial no nos dota de todas las herramientas que deberíamos necesitar, es cierto. Y miren que esto me implica de lleno, porque llevo más de quince años laborando felizmente en esos espacios. Decirlo, lejos de aceptar culpas por mí y por quién no me corresponde (los compañeros y compañeras que respeto y admiro tanto), me permite empezar a hablar del tema aceptando lo que más cuesta en la vida: saber que si algo no marcha como debería, en algo nos incluye, siempre. ¿Y por qué es así?, porque también los formadores de formadores estamos sometidos a seguir planes y programas oficiales, tenemos cargas académicas complementarias (útiles, necesarias), a veces de tipo administrativo, experiencias previas que nos han marcado, límites a nuestra autonomía, porque formamos parte del mismo ciclo y, lo más importante, porque el sistema no apuesta por la especialización sino a la generalidad. Hoy que conozco y he laborado para la Secretaría de Educación Pública, trabajando codo a codo con docentes de distintas entidades de la república mexicana, les puedo decir que no es exclusivo de Nayarit, de la ciudad de México, de Guanajuato, Jalisco, Chiapas, Guerrero, Veracruz, Estado de México, San Luis Potosí…es nacional. De hecho, al parecer es parte de la cultura latinoamericana. Y repito, no intento “despotricar” contra el sistema, no soy de esos que hacen de los espacios un lugar para quejarse, dar patadas a quienes le rodean, ni mucho menos creer que no hay solución. Al contrario, estoy orgulloso de formar parte de una Escuela Normal y mi vida profesional tiene rumbo, sentido y exigencia continua gracias a ello.
Y claro que, en descarga de los formadores, ninguna carrera profesional prepara a sus estudiantes para todos los retos que después asumirá, no aunque la carrera durara 10 años. Para ejemplificar el tema, hace unas semanas mi dentista especialista (palabra mágica) en rehabilitación que me atendió me explicaba en forma sencilla las diferencias enormes entre sacar una muela con los rudimentos aprendidos en su facultad, a hacerlo con las herramientas y experiencia con los que ahora trabaja. Es decir, ni los dentistas, médicos, contadores, programadores, arquitectos, diseñadores, ingenieros, abogados, docentes, ni en ninguna otra profesión actual, pasada o futura egresarán con TODOS los conocimientos, habilidades, experiencias, conocimientos de recursos y demás, que el futuro les depara. Por eso se llama “formación inicial”, porque es el primer paso de una escalera que ya te otorga una visión más clara de aquello que elegiste al perseguir tu vocación o posibilidades, pero sigue siendo el primer escalón de la escalera que deberás continuar subiendo. Si no aceptamos esto, terminarán como un compañero de profesión que habla del mismo tema y echa la culpa a sus maestros siempre, pese a que hoy tiene años en una función…a veces quienes lo escuchan hablar y saben que estoy en el mismo espacio me buscan con la vista y sus ojos me reprimen si no le respondo, pero hay personas con quienes no tiene caso gastar saliva.
Una segunda causa, que tampoco es nueva, es por creer que el niño no empieza de cero. Este punto, cuando de verdad se entiende, cambia por completo la forma de entender la alfabetización…aunque no siempre la práctica escolar.
Durante mucho tiempo se asumió (se asume) que los niños llegaban a la escuela “sin saber nada” sobre la lengua escrita, y que el trabajo del docente consistía en llenar ese vacío: enseñar letras, sonidos, combinaciones…la misma cantaleta de siempre, como dijo el niño que reprobó y repitió primer grado en una anécdota famosa de la maestra Felicitas Sánchez (QEPD): quien al ver llegar al grupo a su misma maestra con los materiales bajo el brazo exclamó:“¡ahí viene la maestra otra vez con su pinche oso!” (ese que se asea, se asoma, sale y no sé cuántas cosas más).
Pero hoy sabemos que esa idea es falsa. Los niños llegan con ideas, con hipótesis, con intentos de explicación sobre cómo funciona la escritura. Y eso no es una metáfora. Es observable, a propósito de ello tengo un cuaderno de pasta de cuero donde he anotado muchas de esas ideas divertidas de niños y niñas a mi alrededor que lo siguen haciendo, una y otra vez.
Un niño que escribe “BB” para decir “mamá”, o que escribe “EEEE EEE E EEEE” en un papelito para decirle a una niña que le gusta…o que pone símbolos que ni son letras, ni números para representar una palabra completa ya está poniendo en juego su conocimiento, no está fallando. Al contrario, está pensando en el sentido de la lengua escrita, y sus aproximaciones al sistema de escritura son dignas de celebrarse. Esto es clave. Porque implica que la alfabetización no es un proceso de repetición (¡Pinche oso!), sino de construcción cognitiva.
Y aquí hay algo importante: los “errores” de los niños en realidad no son errores… son momentos del proceso. Aunque comunicadores, pseudo especialistas, los «sabelotodo» de Facebook, o algunos padres de familia e incluso docentes digan lo contrario.
Desde esta perspectiva, aprender a escribir no debería consistir en hacer planas, escuchar frases sin sentido (de nuevo: ¡Pinche oso!), ni copiar correctamente, sino en reorganizar progresivamente las ideas que el niño tiene sobre la escritura: que el oso viva en el bosque, que coma miel, que atrape salmones…que haga cosas que tengan sentido.
Por eso, cuando solo pedimos repetir: sílabas, planas, dictados mecánicos, lo que hacemos es invisibilizar ese proceso. Lo reducimos. Lo forzamos. Y muchas veces lo interrumpimos.
Y a veces no habrá una mamá, papá, abuelos, tíos, hermanos, o libros al alcance, que hagan al aprendiz recuperar el camino. He ahí la importancia de trabajar bien desde un inicio.
Cuando el docente observa en qué está pensando el niño, puede intervenir de otra manera: preguntando, confrontando ideas, proponiendo situaciones que lo hagan avanzar. Esto cambia el rol docente por completo.
Ya no se trata de “enseñar”, sino de interpretar el pensamiento del alumno, alumna, para poder acompañarlo. Y eso exige mucho más que aplicar un método… pero eso, como dijera la nana Goya: “es otra historia”.
