Formar lectores que piensen…reflexiones para el resto del ciclo escolar

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Tras esta primera semana de retorno a las actividades escolares, mi mente estuvo ocupada en reflexionar sobre la importancia de la lectura y, sobre todo, en cómo debemos abordarla en el aula. No fue una idea aislada. Fueron tres experiencias distintas las que terminan de confirmarme que este es un tema al que vale la pena prestar atención especial durante lo que resta del ciclo escolar. Hoy quiero compartir esos tres momentos.

1. El llamado “Milagro de Mississippi”

La primera experiencia tuvo que ver con la lectura de un boletín educativo, llegado a la oficina el lunes entre requerimientos admisitrativos, que incluía una nota donde se analizaba cómo podrían replicarse en América Latina algunos de los aprendizajes del llamado Milagro de Mississippi. Resulta, cuando menos, provocador conocer cómo uno de los estados históricamente más pobres y con mayor rezago educativo de Estados Unidos pasó de ocupar el penúltimo lugar en lectura en 2013, al segundo lugar en 2025. Entre los distintos factores que se mencionan, hubo uno que llamó más mi atención: el tiempo dedicado a la lectura. No como actividad ocasional ni como relleno curricular, sino como una práctica sistemática, cotidiana y sostenida.

Esta nota se conectó de inmediato con un interés que me acompaña desde que asumí la función de asesor de lenguaje oral y escrito: cómo traducir este tipo de aportes a mi propia zona de influencia. Nunca desde la copia, sino desde la adaptación consciente a nuestras condiciones reales, a nuestras escuelas y a nuestros estudiantes. La pregunta para mí es inevitable: ¿cómo volver sistemático aquello que seguimos haciendo de manera fragmentada?

2. Leer para encontrar respuestas

Ya con la inquietud de la lectura en mente, apareció la solicitud de una estudiante normalista sobre bibliografía para su documento recepcional, y al atenderla me reencontré con el texto Aportes para la enseñanza de la lectura. De ese análisis me propuse elaborar una infografía (que incluso compartí con la normalista y en algunas redes sociales), donde se retoma otra idea clave: la mayor debilidad en lectura no está en la comprensión literal, sino en la inferencial y crítica. Para que un alumno alcance niveles altos de desempeño no basta con que decodifique correctamente. Necesitamos formar lectores capaces de identificar ideas esenciales, establecer conexiones entre ellas, evaluar lo que leen, contrastar la información con su propio punto de vista y sostener sus opiniones con evidencias del texto.

En este proceso hay un aspecto que con frecuencia se subestima: la selección de los textos. Utilizar la legibilidad como criterio, desde lo físico (tipografía, tamaño, espacios), pasando por lo psicológico (intereses y edad), hasta lo lingüístico y conceptual. No es un detalle menor, sino una decisión pedagógica que puede facilitar o bloquear la comprensión.

En el fondo, estamos hablando de formar lectores que piensen con el texto, no solo sobre el texto. Y claro, lo que desde hace años creo firmemente: que disfruten el acto de leer.

3. Taller: El mundo de los libros…

La tercera experiencia ocurrió apenas ayer, durante la tercera sesión del taller El mundo de los libros: descubriendo el placer de leer, que coordina la maestra María Luisa Díaz. Ahí exploramos una propuesta de Myriam Nemirovsky sobre el trabajo con distintas versiones de cuentos clásicos.

Fue particularmente enriquecedor analizar, junto con docentes de preescolar y primaria, cómo aprovechar los libros infantiles que recibieron en la primer sesión de dicho taller, donde algunos contienen diversas versiones de un mismo cuento. La idea central fue que en lugar de una lectura plana y única, podemos invitar a las niñas y los niños a:

  • Comparar versiones, analizando qué elementos se mantienen y cuáles cambian sin perder el nudo argumentativo.
  • Trabajar los tres momentos de la lectura —antes, durante y después— favoreciendo la anticipación, la contrastación y la reflexión sobre la estructura del texto.
  • Escribir y editar, convirtiéndose ellos mismos en autores e ilustradores de nuevas versiones, comprendiendo de manera auténtica la relación entre imagen y texto, así como el funcionamiento del sistema de escritura.

Estas prácticas dejan ver que la lectura no se promueve con ejercicios aislados ni con actividades remediales descontextualizadas. Es un proceso global, situado, que requiere tiempo, mediación y decisiones didácticas conscientes.

Todo esto, sumado a los resultados que en la zona escolar hemos observado a partir de estrategias como la Maleta viajera, me confirma que la lectura debe ocupar un lugar central y real en nuestra agenda pedagógica. Aún queda mucho por hacer, sin duda, pero poco a poco comenzamos a encontrar una lógica distinta: dejar de buscar soluciones fragmentadas y apostar por una metodología que, de verdad, forme lectores.


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